Me bajo del remis y le pido a Ana que me avise cuando llegue. No escucho qué me dice, porque en realidad me es difícil escuchar por sobre el pitido insistente que colma mi cabeza. En el ascensor levanto el brazo y me huelo la piel: pucho, birra, humo y sudor ajeno (sudor ajeno digo porque dentro de mis casi nulas habilidades se encuentra la de no sudar). Mi casa me recibe con el vacío de siempre, el de ser sola, el típico que a veces te hace dejar la tele encendida para darte la ilusión de que alguien te espera.

Más que sentarme, me desvanezco en el sillón. Me dejo caer.

El pitido resuena con más fuerza frente al silencio.

Y le pregunto a la nada en voz alta: ¿Cómo hago para escuchar los discos después de esto? La nada, por supuesto, no responde.

El domingo invoqué con mucha efectividad mi carta prensa –perdón, pero es que estoy un poco pobre –y fui al Rock Pué, el primer festival de puro rock al que apostó el complejo Ribera. La verdad es que eran demasiado icónicas como para no ir: Massacre, Carajo y Anaximandro.  Las dos primeras por su trayectoria nacional y, la última, por ser la figurita difícil de la ciudad.

Y la bautizo como figurita difícil porque, si tengo que decirlo, estaba más emocionada por escuchar al dúo dinámico de Corrientes que no toca hace más de un año. Y antes de que me apedreen, tengo que decirlo: es una decisión política la que asumo. Y acá entra la queja, por supuesto. Soy quejosa por naturaleza. Deberíamos saber apoyar a nuestros artistas locales desde nuestro lugar de consumidores. El NEA produce niveles artísticos altísimos y todo pareciera indicar que somos les últimes en darnos cuenta. A las ocho, hora en que empezó el show con Anaxi, eran pocas las personas que ya estaban en el predio dispuestos a disfrutar lo que yo considero, una de las bandas con mayor nivel de espectacularidad y conciencia del show en la ciudad.

Juan Scappini y Matías Zozaya, acompañados de las visuales de Mati Ávalos, se divirtieron y gozaron del escenario y, cuando el artista disfruta, es inevitable que el público que entre en una comunión mística que hace que compartan la sensación. Después de algo así como diez temitas, Anaximandro se despidió del escenario para dar paso al armado de Carajo. Esperemos que, esta vez, no pase tanto tiempo para que su música suene con furia en algún escenario de la ciudad.

Ribera ya estaba lleno para la hora en que Carajo se dispuso a tocar. Desde mi privilegiado lugar de prensa, me subí a un banquito para paliar mis escasos uno y cincuenta y cuatro metros de altura y, así poder hacer un estimativo de cuántas personas estaban en el lugar. No sé porque supuse que era algo que podía hacer: ya aclaré que mi única habilidad especial es no sudar bajo ninguna circunstancia. Así que solo voy a concluir que eran muchas personas que, al justo momento en que el primer acorde del power trío empezó a sonar, se enervó como una sola masa uniforme, entre gritos y silbidos.

Es muy difícil para mí encontrar palabras que le sean justas a la presentación de Carajo, que este año lanzó su último disco y es casi una vuelta ideológica a esas primeras instancias, entre pura crisis económica, social y política. De hecho, considero que uno de los elementos más interesantes de Carajo es su compromiso con la realidad (realidarks ya, considerando este país), presente no solo en sus contenidos sino también en los discursos que encabezan. Este compromiso político terminó por darnos uno de los momentos más explosivos de su recital, ese que de alguna manera el inconsciente colectivo de quienes estábamos allí, venía ansiando desde el primer tema que tocaron: con una breve introducción sonó Sacate la mierda. Y nos estremecimos. Y todo se rompió con la misma fuerza con la que se rompía la Argentina allá por el 2001. El público, enloquecido contra las vallas de seguridad cantó con la misma pasión con la que gritábamos frente a la TV sintonizada en MTV.

Ana, tomá, cuidame las cosas.

¿Qué?

Tengo que estar ahí.

Porque una no puede, simplemente, ir a un recital este estilo y evitar la magia. Ese placer colectivo y primitivo del salto conjugado, de la euforia y la locura. Los encuerados de siempre (chicos, no se saquen la remera porfis y salten con los codos abajo, que si no nos cuidamos entre nosotres no nos cuida nadie), el sofoque placentero, el descargo de lo que llevamos adentro, todos latiendo como una sola cosa.

Volví, pegajosa de birra y sudor ajeno, adolorida de golpes y codazos, pero con una sonrisa. Carajo siguió un rato más y luego le siguió Massacre, con toda esa mística y autenticidad que los caracteriza, apostando a la creación de ese relato unificado que te hace sentir que todo es una continuidad y al sentido amplio de la espectacularidad. El trabajo de las bandas solo puede definirse bajo el rótulo de impecable, conectando con el público y evidenciando la relación de amistad y compañerismo que hay entre ambos conjuntos, uniéndose en el escenario en más de una ocasión.

Si tengo que ser sincera, no puedo hablar de música. Tengo el entendimiento, oído y capacidad musical semejante al que pueda poseer una ameba y, hasta quizá que la ameba me gane en una batalla de solos. Pero puedo hablar de sensaciones, puedo hablar de espectáculo, puedo hablar de ese tan deseado convivio del que nos cuentan los teóricos del arte. Brindaron un show sin fisuras compositivas ni de ejecución, el despliegue visual acompañó de manera idónea y trabajó en conjunto con la música para hacer del Rock Pué una vivencia única. Escribo estas líneas tarde –perdón Mega, soy una irresponsable empedernida –pero con las sensaciones todavía sucediendo en el cuerpo.

El rock nos remueve algo en el alma y acá las cosas se siguen removiendo.

Texto de Mariana Escarlon – Fotos de Ana Belén Cavalieri y Mariana Escarlon

Escucha La Juventud Está Perdida todos los miércoles de 20 a 23hs por MEGA 98.1 FM.

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