Las manos que nos agarraron

Un 20 de julio de 1969, un hombre pisó la Luna por primera vez, dicen que. Ese mismo día Enrique Ernesto Febbraro tuvo una idea medio loca: conectarse con el resto del mundo a través de cartas. Fueron 1.000 mensajes los que envió ese día, todas a diferentes personas de varios países. ¿Lo más loco? 700 individuos le respondieron su misiva y, así, quedó instalada esta fecha como el Día Internacional del Amigo.

La elección de este día específico no fue al azar: Febbraro, alto miembro de la masonería argentina, tenía una empatía muy grande con Edwin Aldrin, un coronel de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, quien descendió de la nave espacial Apolo XI y se unió junto a Neil Armstrong en el aterrizaje del hombre en la Luna. Aldrin también era masón.

Este señor murió en el 2008. En su última entrevista, aseguró que “la amistad es la virtud más sobresaliente porque es desinteresada de todas maneras”.

Claro que todo su movimiento, casi igual que el mismo viaje a la luna, fue con fin político, una fecha que sumar a una lista de celebraciones.

Ahora bien, ¿no es acaso hermoso tener un día donde festejar a las personas que nos acompañan, que nos apoyan y quieren de la mejor manera? ¿Qué vamos a hacer, nosotros, sin esa mano amiga que nos agarre más de una vez para sacarnos de la oscuridad?

Intensa como soy, suelo pensar que haría yo sin todas las manos que me agarraron, en el momento adecuado, no para siempre, pero en momento justo. En los momentos de hoy, que es difícil encontrar a alguien que se alegre por tus logros, pero por los logros reales (los que importan).

Quería aclarar que mi vida es un caos, que tuve relaciones muy toxicas, que muchas veces algunas voces en mi cabeza (que suenan mucho a mi viejo) me quieren convencer de que es probable la gente no me quiera. Quería aclarar que la mayor parte de mi vida me valoré en “que tanto me quiere la gente“. Pero entonces en algún punto de la comida de cabeza me pregunté, ¿quién es “la gente“? La única gente que importa ya me quiso antes. La única gente que importa me ayudó a entender que me quieren, que me abrazan, sin importar qué, sin juzgar, sin frenar, sin sentir pena, sin sentir lástima.

“Quienes saben alegrarse con nosotros están por encima y más cerca de nosotros que quienes nos compadecen. La alegría compartida hace al amigo” (Nietzsche, NF-1876).

Ahora solo quería pedirles que abracen, que compartan, que rían y conecten con “la gente” que tienen, los que si importan, con los que agarraron sus manos en la oscuridad para guiarlos, con los que sonrieron en las lagrimas porque es más llevadero así. Vayan y alegrense por sus amigos.

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