Cambio de manos pero no de apellido

Por: Diego Petruszynski

A la mañana fue un rumor, a mediodía cobró fuerza y para la tarde ya era vox populi. La vida de una noticia generalmente tiene ese ciclo pero en este caso no es una más, es una noticia sobre las noticias: el grupo Ersa compró el diario Época. ¿Una ventaja? No habrá que pasarle corrector al apellido Romero a la hora del papeleo.

Vox populi es una exageración, en realidad la noticia circuló con fuerza casi solo en círculos periodísticos y algunos políticos. No es un tema que merezca papel impreso, el periodismo sobre periodismo no está bien visto porque hay ciertas intimidades que mejor no ventilarlas. Más si se tiene en cuenta que el grupo Ersa controla oligopólicamente el servicio de transporte urbano (7 de 9 líneas), la recolección de residuos (concedida a Lusa) y es uno de los principales aportantes de candidatos en años de elecciones y del multiverso de las empresas de comunicación.

No importa el color, cualquiera con probabilidad de ganar sabe que es más fácil dejar de deberle al FMI que al colectivero. Y la propiedad de los medios de comunicación no es un tema menor para entender qué, cómo, cuándo, dónde y quién es noticia.

En Corrientes, en los últimos meses, se aceleró un proceso de cambio de manos de medios que no se veía, quizás, desde finales de la década de los 2000. El pasamano de figuras de trayectoria en radios y TV y la venta de empresas enteras obligará a actualizar los mapas de medios de varias cátedras de la carrera de Comunicación Social.

Empresa Romero Sociedad Anónima (Ersa) no era ajeno en el negocio de ponerle nombre a las cosas, ya que es dueña de una parte importante de Radio Dos, uno de los medios líderes de la provincia. Pero, fundamentalmente, el crochet familiar que une a las principales empresas de la comunicación en Corrientes es lo que resalta.

Juan Carlos Romero le compró Época a su primo Humberto Romero, primo también de Carlos Romero Feris, dueño de El Litoral, y de Raúl “Tato” Romero Feris, dueño de Norte de Corrientes (y Diario Norte, de Chaco). Son tres de los cinco diarios papel que todavía circulan, un formato que arrastra más aportantes que lectores.

Entre esos aportantes, por supuesto, está el Estado que deja sus buenos millones por mes a cada uno y que las empresas traducen en reclamos de “ponerse la camiseta” a sus trabajadores. Porque pagar a tiempo y dignamente no es algo por lo que se los venere. Empresas que cambian de pelo pero no de mañas, de manos pero no de apellido.

Y esto último aplica tanto a pauta publicitaria como a subsidios al servicio de transporte, ojo, y es por eso que se hace difícil encontrarle una vuelta al asunto para ilusionarse bien.

Muchas veces se cargan las tintas sobre quienes escriben pero no siempre se tiene noción sobre quiénes mandan a hacerlo. Después pagar el boleto más caro del Norte Argentino y viajar en los colectivos más miserables, pasando al costado de basurales por las avenidas de la ciudad, para llegar a una redacción y volcar en palabras una interpretación de la realidad que impacte e influya sobre la ciudadanía, ¿qué intereses van a primar? ¿Los republicanos, los de la clase trabajadora, o los de la familia patronal, dueña de cada eslabón de ese trayecto?

Es espantoso el ejercicio de la alienación consciente, un oxímoron muy propio del oficio de escribir “verdades”. Decir que todo está X mientras Y nos tiene hundidos hasta el cuello. Escribir sobre aumentos salariales para todos los sectores y cobrar lo mismo que hace dos años, por ejemplo. Salir de ese esquema nefasto es casi una condena a no vivir de lo que uno sabe y le gusta y estudió para.
Si en algo, al menos, se parecen los diarios y los colectivos es en que siempre hay medios alternativos. Cabe entonces a quienes queremos ejercer el derecho a informarnos, el deber de hacer uso, exigir y acompañar a los menos conocidos. De los familiares, ya sabemos que esperar.

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