Nunca dejaremos de ir a la escuela

Los momentos del año sirven para testear nuestro  estado de ánimo, nuestra transición y la esencia que nos moviliza. Acumular aniversarios no necesariamente es  progreso y la mayoría seguimos yendo a la escuela por medio de recuerdos, anécdotas, experiencias, decepciones o personas.  De lo contrario nos olvidaríamos de la inocencia que nos caracterizaba y no estaríamos al tanto de la libertad.

El amor nos causa sensaciones similares a la felicidad, encontrarse en el otro mediante costumbres, vivencias, sensaciones o lugares también forma parte del enamoramiento.  Si en marzo no podemos sentir ese comienzo de ciclo que sentíamos en tiempos de escuela es porque quizás nuestra realidad debería ser reseteada. Podemos seguir llevándonos dos materias previas pero no nos  queda tiempo para repetir, el mundo se está moviendo demasiado rápido.

Hoy el drama del tiempo es más útil para elaborar recetas de ciencia ficción o de extorción monetaria. Las razones giraron 180º, el sentido de la vida parece enfocarse en el futuro pero en realidad siempre construye desde el pasado. Somos según donde estuvimos y  a nadie le importa donde vallamos a estar.

El reloj es la imagen oficial del tiempo, pero es un reloj. Podríamos romperlo y nada pasaría. Cinco minutos de supermercado son más lentos que un beso que abarca el mismo lapso de tiempo. Adornamos nuestro cuerpo de intelecto acorde a la edad y el lugar para que los años no nos duelan, de la misma manera que utilizamos el protector solar.

No importa cuán verídica sea tu mentira, es irrelevante tener pruebas y sean dos o cinco los testigos da igual, cuando te mires al espejo te vas a ver cómo te ven pero también como sos. Y es ahí donde nacen las verdades, ahí tu conciencia goza de impunidad para destruirte de la forma que mejor le parezca.

A  lo mejor el tiempo no necesariamente te hace llegar la factura de tu hijaputez, puede que no sufras y vivas medianamente bien. Pero estar resguardado de los fracasos también te aísla de las sensaciones, de la lucha y la capacidad de sentirte vivo. Quizás las consecuencias no serán en el futuro, tal vez esté sucediendo. Si el recuerdo de haber sido niño no te moviliza, si no deseas al menos por un ratito volver a la inocencia del tercer grado y tu vida de adulto es incuestionable a lo mejor ya estás muerto a pesar de respirar.

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