Tengo 24 años, y desde los 16 que recorro los escenarios del underground local, tanteando la “vibra” de los lugares. Formé parte, como público y como organización, de algunos movimientos culturales que florecieron y dieron sus mejores frutos entre 2010 y 2015.

El concepto de autogestión no sólo nos lo sabemos de memoria, sino que lo hacemos acción desde entonces, elaborando estrategias y campañas para que el público, siempre tradicionalista, siempre muy exigente de cumplir con sus cánones, nos acompañe, venga, compre en el lugar, comprenda el valor de mantener un espacio cultural con sudor y lágrimas, en una provincia donde hoy salir del chamamé y el carnaval es más difícil que comprar un litro de leche. Y mirá que amo el chamamé y el carnaval, amo este enorme espacio que compartimos, es por eso que elijo quedarme acá a pelearla, como buen correntino de ley, pero que un dedo no tape el sol, el valor está en la autocrítica. Nosotros lo sabemos.

Sabemos que tenemos que prestar especial atención a los decibeles del sonido porque, cuando de eventos culturales se trata, no hay margen de error: un decibel demás puede significar una multa cuyo dígito tiene 5 números.

Sabemos lo que es poner plata de nuestros bolsillos cada fin de semana, y pobres de nosotros si algo del equipo técnico falla porque también deberemos arreglarlo nosotros.

Sabemos que no vamos a estar en la feria del libro, ni en el teatro Vera ni en la “agenda cultural” de color verde que se publica semanalmente.

Sabemos lo que es levantarse a las 6 am para preparar una jornada con una decena de artistas de diferentes rubros, y rogar que se recaude el dinero suficiente como para poder abrir la próxima semana.

Sabemos lo que es reunirnos en asamblea con todos los organizadores de eventos y dueños de espacios, para elaborar estrategias que permitan defendernos de los depredadores de siempre.

Y aún así, sostenemos por amor al arte (literalmente) espacios que son únicos en su acústica, en su arquitectura, en su atención al público y sobre todo, que son semilleros de talentos que después todos disfrutamos sin mirar mucho hacia atrás. Más de un artista que se nutrió y benefició de nuestros espacios, hoy mira hacia otro lado mientras recibe elogios en algún evento patrocinado por la municipalidad.

Se sabe que en tiempos de crisis, la cultura se vuelve contracultura, nos persiguen aún más y es el primer rubro en quedarse sin apoyo económico por parte del estado, pero de ahí a no permitirnos seguir trabajando, como hicieron con el CC Flotante o La Pepiniere, es sin dudas más que una traba, un mensaje aleccionador.

Los dueños de todo, una vez más, del lado de sus empresarios amigos nos quieren quitar  la alegría de seguir impulsando espacios que mantengan a nuestros pibes lejos de las calles.

Molesta que no indigne lo suficiente como para ver una noticia sobre esto en un diario local, de esos que mantienen el monopolio de la información desde hace más de 2 décadas.

Molesta que no se dimensione el valor político y social de un centro cultural.

Molesta que no sólo nos quieran pobres, sino también ignorantes. Y, por qué no, infelices.

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