Poner el cuerpo

Por Ivana Osuna | Foto de Tacuara Martínez

Seguramente ya habremos escuchado la frase: “poner el cuerpo”. Pueden ir a googlear si quieren encontrar algún significado técnico, pero básicamente lo que significa es hacerse cargo de transformar, con acciones concretas y constantes, la realidad desde donde podemos (y como podemos). 

Poner el cuerpo es un trabajo, pero es infinitamente necesario, porque es el paso a dar después de la queja, que quejarnos nos gusta a todxs pero si no se toman acciones muere en eso: un texto justiciero con muchas compartidas en las redes sociales, una conversación de esquina con un vecino. Todas son acciones que cumplen su rol, porque tampoco vamos a decir que quejarnos nos sirve de nada, pero lo que sucede es que hay muchas personas quejándose y muy pocas haciendo algo por cambiar eso que nos molesta.

Tampoco hace falta que venga a nombrar acá la lista de injusticias sociales que actualmente estamos viviendo, con mucha más saña quizá por el contexto socioeconómico que nos empuja a quedarnos sin trabajo, a pasar hambre, a tener miedo. Hay una enorme cantidad de organizaciones sociales, partidos políticos, comedores y centros de asistencia haciendo lo que pueden para estar ahí donde el estado nos abandona. ¿Alcanza con llevarles un paquete de fideos y un puré de tomate? Es una acción sí, pero una acción aislada y sin constancia no es poner el cuerpo. 

No debe bastarnos con aportar un grano de arena y poder dormir tranquilxs a la noche: la sociedad se construye desde la solidaridad colectiva y la empatía para con lxs que viven un infierno, porque tener hambre es un infierno, porque morir de frío es un infierno. El abandono del Estado es un infierno.

Este es un llamado a la acción para empezar a militar un cambio real que nos debemos como habitantes de un país lastimado por falsas promesas y dirigido por empresarios que defienden muchos intereses propios y muy pocos intereses en común con la sociedad. Yendo más allá de los colores partidarios, hay una realidad política que necesita de recursos humanos que impulsen un nuevo concepto de militancia. Lo personal es político, ya lo decimos en el feminismo, y se puede extrapolar a todo lo demás. 

Y qué quiere decir “lo personal es político”: que tener un plato en la mesa constituye un acto político. Abrigarse constituye un acto político. Tener un techo es un acto político. Tomar una decisión, cualquiera que sea, está afectando profundamente el contexto en el que nos encontramos, porque debemos dejar de vernos como espectadores y entendernos partícipes de una historia que se escribe día a día. Entonces, ¿qué estamos esperando para tomar la decisión de escribir la historia que nos gustaría leer dentro de un tiempo en los libros y en Wikipedia?

La militancia es mucho más que elegir un partido político que nos represente y poner un sobre con esos colores en la urna: es participación ciudadana. La política no es ese monstruo que nos intentan vender y es cierto, hay muchas cosas que están mal en los engranajes de este sistema viciado por los intereses propios, pero a quienes beneficia ese sistema les conviene que las quejas se queden ahí: en la conversación con el quiosquero o el post en instagram. 

Poner el cuerpo a nuestros ideales es darle un sentido político a la cotidianeidad, para que podamos dejar a las próximas generaciones un país en el que se puedan quedar a cosechar los frutos que a nosotrxs nos toca sembrar. 

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