Una charla sin vaselina

Por: Julieta Acosta de FUEGA

La vaselina no es un lubricante, amigues. No uno pensado, diseñado, ni seguro para el sexo. Mucho menos para el sexo anal. Está popularizada como tal, nivel “la frase que titula esta columna es utilizada para referirse a que algo se da de prepo”, así no más.

Es un derivado del aceite (y del petróleo) que puede utilizarse para hidratar la piel, pero se recomienda para eso, para uso externo, y quienes la crearon no pensaron jamás que iba a popularizarse tanto en términos de facilitar actos sexuales.

Como ya hablamos cuando hablamos de lubris, aquellos que tienen base de aceite si bien pueden ser recomendados para el sexo anal, no son compatibles con el uso del preservativo, porque atentan contra el látex. Además, pueden dañar nuestros juguetes. Además, que es mucho muy importante: no debemos acercarlos a la uretra ni a la vagina, porque pueden provocarnos lesiones y también infecciones.

Pero basta de pavada: como en la vida, siempre estamos dándole vueltas a este asunto, parecería. Y es un asunto que nos compete: porque puede existir un sexo anal que provoque tanto placer que nos lleve hasta un orgasmo. Y a esto se lo estoy diciendo a todas las personas que, tal como yo hace algunos años, nada queríamos saber con esto, nos daba vergüenza, lo teníamos tachado de la lista, no se nos ocurría podría provocarnos placer.

Creo que al sexo anal se lo relaciona fundamentalmente con dos cosas: con el sexo homosexual entre varones, claro (como si la única manera de tener sexo entre dos personas tuviese que involucrar un acto penetrativo), y como “el favor” que una mujer puede y va a hacerle a su pareja (varón), con el que no paró o no para de insistir, porque está presente en el porno, porque “se sabe” que el recto es más estrecho que la vagina, porque “para más placer”.

Tal vez nuestra tarea hoy en esta columna sea derribar un poco el tabú, colocar al ano en el centro de la cuestión, re-apropiarlo como una zona del cuerpo que no sólo puede ser erógena sino también fuente de muchísimo placer, porque también, para un montón de personas, es casi la principal. Entonces, sin caer en machiruleadas absurdas: ¿de qué nos podemos estar perdiendo?

La realidad es que no debería llegarse a ninguna práctica sexual para satisfacer a alguien que no somos nosotrxs. Esto también vale para ese polvo desganado que podemos llegar a tener solo porque el otrx era quien estaba más caliente, o que estaba caliente, y punto. 

El sexo no es un favor, ni debería serlo. No es, tampoco (o al menos así yo lo pienso) una moneda de cambio: y esto no debería confundirse con que puedan existir acuerdos económicos en los que humanxs pueden pagar por pasar tiempo con otrxs, y que durante el mismo haya sexo -así como también caricias, abrazos o conversaciones íntimas-, porque pagar por el tiempo del otrx es estar comprando fuerza de trabajo, y porque esa es toda otra discusión que ansío tener en esta columna. Porque tanto como otras personas, también me pregunto si es posible un trabajo sexual voluntario y consentido en esta sociedad capitalista en la que no nos queda otra que trabajar para satisfacer nuestras necesidades básicas, porque considero que en ese tiempo que ponemos (en el trabajo que sea) también estamos poniendo -en mayor o menor medida- el cuerpo (de ahí a que se llama “fuerza de” y porque la distingo completamente de las situaciones de trata, de esas en las que hay coacción, de esas que califican como esclavitud: pero porfa, continuemoslo charlando).

Si llegamos a la situación de tener sexo anal, debe ser porque así lo decidimos. Porque nos dió curiosidad, porque tenemos ganas y deseo de experimentarlo, así sea con unx otrx o con nosotrxs mismxs, ya sea con algún juguete o nuestros propios dedos. Porque el deseo es el primer motor, pero también es un vehículo. Porque también, en cualquier momento, puede detenerse, o interrumpirse, y nosotrxs mismxs sentir y decidir que ya no vamos a continuar avanzando, aunque podamos retomarlo en otro momento, así sea más tarde u otro día. O tal vez nunca. 

Si la variedad de prácticas sexuales fuesen como la comida, creo que estaríamos de acuerdo en todo eso que podemos ir picoteando y probando en distintos momentos de nuestras existencias, ya sea porque nos lo recomendaron o porque el algoritmo nos lo mostró, “porque el resto anda re en esa”, “porque se puso de moda”, pero definitivamente lo que no podemos hacer es forzarnos a comer algo que no nos gusta, y mucho menos forzarnos a comer si no tenemos hambre. Porque sí, ya charlamos un poco sobre personas a quienes se les cierra el apetito (hablando de apetito sexual, mientras esto no les afecte directamente y mientras no deseen tratarlo, tampoco tienen por qué). Porque también hay diferentes formas de comer. Porque, como dijo Pato Mattos en el programa anterior: sí, existen cosas que esta columna milita, y si hay algo que milita es continuar repitiendo lo diferentes que somos del otrx y lo mucho que eso debe respetarse, porque no está bien ni mal, simplemente es: y el mundo está lleno de personas que comen parecido a nosotrxs, que gustan de los mismos platos,  eso es algo que puedo asegurar.

Si tenemos deseo y curiosidad, bueno, necesitamos algo fundamental en esta práctica: relajación, lubricación y dilatación.

Suena facilísimo plantearlo de esta manera, sobretodo porque el porno se encargó de mostrarnos que todo eso que más o menos nos calienta y parece que nos gusta es super fácil, pero la verdad es que no.

La gedencia (insistencia) permanente de un sector de la sociedad, generalmente conservador y/o católico, con repetir que el sexo anal es antinatural, radica en un par de boludeces que no son menores: el binomio infaltable, que está pidiendo sexo heterosexual y vaginal, porque es imposible engendrar eyaculando en un recto, porque no tiene conexión alguna con el canal vaginal; y sostener que la única función del ano es la de defecar, nivel “Gisela Barretto en un canal de televisión abierta sostiene un vaso y lo da vuelta y trata de explicarnos cómo un vaso no se usa, porque además puede salpicar al resto de los comensales”, como si lo que yo hiciera con mi vida sexual, que es privada, puede afectar al resto de la sociedad. Joyas correntinas for export, si las hay.

Si la “sodomia” no es ilegal en el Río De La Plata desde fines del Siglo XIX justamente por tratarse la vida sexual de algo que concierne al ámbito privado, imagínense de qué año son estos pensamientos retrógrados. 

Es cierto, el cuerpo humano está diseñado para que utilicemos el recto y el ano para defecar, pero la realidad es que también son partes del cuerpo que pueden darnos placer, y yo no veo nada de antinatural en eso. Nuestro sistema nervioso también forma parte de nuestro cuerpo, y también fue colocado ahí por “la Naturaleza”, o por dios, si se quiere. Tampoco se trata de una práctica sexual nueva, ni mucho menos. Es, seguramente, imposible de rastrear a lxs primeros humanxs que la llevaron a cabo. Y todos estos postulados también suponen que la orientación sexual es una decisión, lo que lleva intrínsecamente a censurar cualquier sentimiento de una persona por otra que sea de su mismo género, o que salga de la cisnorma. Por no decir que estos mismos grupos conservadores y religiosos se han encargado de perseguir, torturar, matar y tratar de corregir a personas que se resistieran, siquiera “con el pensamiento” a cumplir con el mandato divino de que “familia es mamá y papá”.

Pero cortemosla posta: y vayamos un toque a la cama, que es el lugar más cómodo que se me ocurre, porque sí, tenemos que estar lo más cómodxs y relajadxs posibles.

Si ya estamos cómodxs y contamos con el deseo/curiosidad, la relajación y contamos con el lubricante que elegimos (se diseñan especialmente para sexo anal y son más viscosos y duraderos que el resto, pueden venir también con distintos efectos como frío o calor), está bueno pensar esta práctica, y la dilatación, como algo progresivo. La mayoría de los juguetes que son para sexo anal, como dilatadores, entrenadores o plugs, tienen una forma cóncava que permiten una inserción que vaya acompañando la excitación y la apertura del propio cuerpo de la persona penetrada, que en primera instancia: bien que podríamos ser nosotrxs mismxs.

Durante el programa de Sin Aportes que acompaña este texto recomendé un video del Sex Coach (o “educador sexual”) Kenneth Play, al que puede accederse de forma gratuita en su canal de pornhub, en el que nos muestra una serie de ejercicios básicos que podemos hacer con el cuerpo para facilitar la práctica: se trata de dilatar el ano al momento de penetrar con la punta del juguete o los dedos, una vez que se aplicó lubri, y de contraerlo para facilitar su inserción. Para retirarlos el ejercicio es el inverso, se debe dilatar.

Los varones poseen un punto erógeno, el Punto P, a unos aproximadamente cinco centímetros del ano ingresando por el recto, debajo de la vejiga. Se trata de la próstata, y se la puede sentir con el dedo. Es el equivalente al Punto G femenino, su estimulación tanto directa como indirecta procura mejores orgasmos (más duraderos e intensos). La manera de estimularla indirectamente es acariciando el perineo simplemente “donde mejor se sienta”.

Para las mujeres la experiencia es un tanto diferente, porque no tenemos una glándula como la próstata, y de hecho, el Punto G no lo es (sino que es tejido que corresponde al clitoris, que como bien hemos hablado, es un órgano compuesto de terminaciones nerviosas que recubren internamente el canal vaginal y sus alrededores, y que posee una pequeña cara visible, que es la que comunmente conocemos). Sin embargo, la estimulación anal, si se da de una manera placentera, puede reportarnos un montón de placer e incluso hacernos llegar a un orgasmo (también más intenso) debido a que durante la penetración recibimos estimulación en la parte interna del clítoris.

Ya que en el video  la compañera de Kenneth es una mujer, Riley Reyes, Kenneth hace una salvedad re importante en las prácticas anales: el uso de guantes para la protección de la vulva de ITS y nos muestra que durante este tipo de estimulación podemos pasar de la vulva (clítoris, uretra, vagina, labios mayores, menores, etc.) al ano, pero no al revés. Si queremos que este sea el caso, podemos cambiar cuidadosamente los guantes que estemos usando, o lavarnos las manos en el medio. Mismo en el caso de los preservativos: que los estemos usando protegen nuestro cuerpo y el de nuestrxs compañerxs, pero sin una higiene de manos que acompañe tal vez no sirva un montón.

El rimming (o “beso negro”), consiste en practicar “sexo oral” en el ano de tu compañerx, lo cual facilita muchísimo tanto la relajación, como el el placer y el sexo anal en general. Acá es donde aparece el campo de látex como profiláctico, ya que es una práctica mediante la cual también podemos contagiarnos parásitos intestinales (¡y covid!, aunque si estamos hablando de sexo, me es difícil imaginar uno en en el que las condiciones de ventilación no nos pongan en peligro primero).

A lo largo de la columna también surgió la pregunta, con respecto a los juguetes, si es necesario usarlos siempre con preservativo: lo es, en tanto los compartamos con parejas casuales, o más de una pareja, pero no si somos los únicos usuarixs. Claramente en el caso de juego anal, si vamos a utilizarlos en el ano y en la vulva debemos colocárselos, y aunque los lavemos siempre con jabón neutro, al momento de guardarlos deben estar en bolsas individuales de tela para evitar la contaminación cruzada de bacterias propias de la flora de cada parte del cuerpo.

Cuando estoy hablando de “si el sexo anal se da de una manera placentera”, estoy diciendo que, claramente, hay muchas formas mediante las cuales puede no serlo: puede ser molesto e incluso doloroso. Y también pueden ocurrirnos otras molestias, muy propias de esta zona del cuerpo (como malos olores, o incluso encontrarnos con mierda aunque nos hayamos higienizado antes, que es completamente natural), y que esto nos impida disfrutar.

Las molestias, el dolor, o incluso el “estado de alerta permanente”, que probablemente no nos permita relajarnos, son indicios de que tal vez esta no sea una práctica para nosotrxs, o que no sea el momento, pero podemos volver a intentar en otro, si así lo queremos. No hay mucha más vuelta que darle.

El sexo anal, además, LLEVA TIEMPO. Una cantidad de paciencia que no vemos en el porno, ni en las pelis, ni de la que se habla en ninguna parte, salvo, quizás, cuando se habla de “relajación”. Un tiempo que tal vez, como habitantes de este siglo ni siquiera tengamos, pero que es necesario marcar. Un tiempo que, quizás, a medida que lo vayamos practicando y ¿acostumbrándonos? tal vez no necesitemos, pero definitivamente en un principio sí: y si no lo tenemos, de nuevo, por ahí para nosotrxs no sea.

Con respecto a lo demás, si bien lxs médicxs desaconsejan las duchas anales periódicas (o enemas) por cuestiones de salud, hay muchas personas que las prefieren “para evitar accidentes”, cuando tal vez sea necesario comprender, sin entrar en la lógica de que se trata de una práctica antinatural, de que estamos hablando de anos, de culos, y de que hay cosas que pueden pasar. Con usar bien el bidet (o la ducha) antes y después de tener sexo es re suficiente.

No quiero terminar esta columna sin marcar lo importante que es para muchos varones cishetero estar deconstruyendo una masculinidad viejísima, acartonada, en la que “al culo no se lo toca”, porque “es de puto”, festejar a aquellos que están experimentando consigo mismos, y también a esas mujeres penetrantes: porque las hay, y son un montón.

Y es un montón lo que tenemos para disfrutar, porque sino, para qué.

 

#LECHE? algunos jueves en Sin Aportes, ilustrada por Nicoculebras, escrita por Julieta Acosta de Fuega SexShop

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